Cuando pensamos en arqueología mexicana suelen aparecer Teotihuacan, Palenque, Monte Albán o Chichén Itzá. En cambio, el norte parece tener menos grandes ciudades prehispánicas abiertas al público. Esa impresión tiene una parte de verdad, pero también es engañosa. La arqueología del norte no es escasa: simplemente dejó un registro distinto. Durante miles de años coexistieron agricultores sedentarios, cazadores-recolectores, comunidades seminómadas y sociedades con centros urbanos complejos. Muchas no construyeron enormes templos de piedra, sino campamentos, terrazas, viviendas de tierra, cuevas habitadas y extensos paisajes rupestres. Por eso, contar únicamente pirámides produce una imagen incompleta de la historia prehispánica del septentrión mexicano.
EL DESIERTO NO SIGNIFICÓ AUSENCIA DE SOCIEDADES COMPLEJAS
Una primera explicación está en las condiciones ambientales. Amplias zonas de Chihuahua, Coahuila, Sonora y Nuevo León presentan climas áridos o semiáridos, con lluvias irregulares y recursos distribuidos de manera desigual. Esto influyó en las estrategias de subsistencia y en la forma de ocupar el territorio. No significa que el desierto impidiera automáticamente el desarrollo agrícola. Paquimé, por ejemplo, desarrolló agricultura de riego, sistemas hidráulicos, plazas, talleres y conjuntos habitacionales de varios pisos. En Sonora, Cerro de Trincheras concentró más de 900 terrazas y una población superior al millar de habitantes. Sin embargo, en otros territorios resultaba más eficiente desplazarse estacionalmente para aprovechar agua, plantas y animales que mantener una gran ciudad permanente.
La arqueología del norte debe buscarse entonces con otros ojos. Un estudio reciente del INAH en los límites de San Luis Potosí y Guanajuato identificó campamentos temporales ocupados por pequeñas bandas de cazadores-recolectores desde alrededor del primer milenio antes de nuestra era. Allí aparecieron fogones, herramientas y evidencias de explotación de obsidiana. En Boca de Potrerillos, Nuevo León, el registro es todavía más impresionante: existen más de 4 mil rocas con alrededor de 17 mil imágenes rupestres, además de herramientas, enterramientos y espacios domésticos. Sus habitantes ocuparon estacionalmente ese paisaje durante miles de años. Arqueológicamente, todo eso posee enorme valor, aunque desde lejos no produzca la monumentalidad visual de una pirámide.
TAMBIÉN CAMBIARON LOS MATERIALES DE CONSTRUCCIÓN
Otro factor es la conservación. Buena parte de la arquitectura monumental mesoamericana utilizó piedra y rellenos capaces de permanecer visibles incluso después de siglos de abandono. En regiones septentrionales se emplearon también tierra, madera, fibras vegetales y otras materias más vulnerables. Paquimé es uno de los ejemplos excepcionales de arquitectura de tierra todavía conservada, mientras que Cuarenta Casas aprovechó abrigos rocosos para proteger estructuras de adobe y viguería. En otros asentamientos, siglos de erosión, actividad ganadera, agricultura, minería, crecimiento urbano y saqueo pueden convertir antiguas ocupaciones en evidencias apenas perceptibles sobre el terreno. Así, que un visitante no observe una gran estructura no significa que bajo el paisaje no exista un registro arqueológico complejo.
LA FRONTERA DE MESOAMÉRICA NUNCA FUE UNA LÍNEA FIJA
También es incorrecto imaginar un México prehispánico dividido de forma permanente entre una Mesoamérica “civilizada” y un norte exclusivamente nómada. Arqueólogos como Beatriz Braniff cuestionaron esa lectura y propusieron estudiar una extensa Gran Chichimeca, conectada con el actual suroeste de Estados Unidos. En diferentes periodos, la frontera septentrional de Mesoamérica avanzó y retrocedió. Zacatecas y Durango albergaron centros agrícolas importantes, como Alta Vista y La Quemada, conectados con redes de minería, intercambio y circulación cultural. Cambios climáticos, transformaciones políticas y alteraciones en las redes comerciales contribuyeron posteriormente al abandono de numerosos asentamientos sedentarios del centro-norte. El mapa cultural del año 700 no era, por tanto, el mismo que encontraron los españoles durante el siglo XVI.
EL PROBLEMA TAMBIÉN ESTÁ EN CÓMO CONTAMOS LA HISTORIA
Existe además un sesgo historiográfico. Durante mucho tiempo, la narrativa nacional privilegió las grandes civilizaciones mesoamericanas y su arquitectura monumental. Las pirámides, esculturas y ciudades ofrecían imágenes fáciles de integrar al discurso sobre el México antiguo. El norte quedó frecuentemente asociado con el término colonial “chichimeca”, utilizado de manera simplificadora para poblaciones con formas muy distintas de organización. Investigaciones posteriores demostraron que esa categoría ocultaba una enorme diversidad cultural. Incluso estudios realizados en regiones como Aguascalientes han advertido que la falta histórica de investigaciones sistemáticas reforzó la impresión de que sólo existieron pueblos “primitivos” de cazadores-recolectores. En realidad, cuanto más se investiga el septentrión, más complejo resulta su pasado.
UN SITIO ARQUEOLÓGICO NO SIEMPRE ES UNA ZONA VISITABLE
También conviene distinguir entre sitio arqueológico y zona arqueológica abierta al público. Para que un lugar pueda recibir visitantes necesita investigación, delimitación, conservación, accesos, personal, infraestructura y condiciones de seguridad. En territorios enormes y poco comunicados, mantener estos servicios puede ser especialmente complicado. Chihuahua, por ejemplo, posee Paquimé, Cuarenta Casas, Cueva de la Olla, Cueva Grande y Huápoca entre sus zonas reconocidas para visita o gestión pública. El propio INAH registra además numerosos sitios rupestres: tan sólo en Chihuahua se han documentado alrededor de 200 con arte rupestre. Por ello, el número de lugares que aparecen en una guía turística nunca representa la totalidad del patrimonio arqueológico existente.
EL NORTE NO TIENE MENOS HISTORIA, TIENE OTRO PAISAJE ARQUEOLÓGICO
La pregunta, entonces, debería reformularse. No se trata tanto de por qué el norte “carece” de zonas arqueológicas, sino de por qué esperamos encontrar allí el mismo tipo de vestigios que en el centro y sur de México. Paquimé, Alta Vista, La Quemada, Cerro de Trincheras o Boca de Potrerillos muestran sociedades muy diferentes entre sí. Unas construyeron centros urbanos; otras convirtieron montañas enteras en espacios habitacionales; otras dejaron miles de petrograbados y campamentos distribuidos por enormes territorios. Si solamente reconocemos como civilización aquello que construyó pirámides, terminamos confundiendo monumentalidad con complejidad. Para la arqueología, un fogón, una punta de proyectil o un petrograbado pueden contar una historia tan importante como un templo.
