El juego de pelota mesoamericano representa una de las expresiones culturales más antiguas de América y mantiene una vigencia que supera los tres mil años gracias a la preservación de diversas comunidades que continúan practicándolo en distintas regiones de México y Estados Unidos. Esa es una de las principales conclusiones del libro El juego de pelota mesoamericano: Temas eternos, nuevas aproximaciones, publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México y coordinado por la historiadora María Teresa Uriarte Castañeda.
La investigadora explicó que esta práctica nunca desapareció, pese a los intentos realizados durante la época colonial para prohibirla. A diferencia de la percepción que suele reducirla a un deporte o a un ritual religioso, la especialista sostiene que desempeñó múltiples funciones dentro de las sociedades prehispánicas, al servir como ceremonia, herramienta política, actividad económica y espacio de convivencia para distintos pueblos que habitaron Mesoamérica durante varios siglos.
La obra reúne investigaciones de destacados especialistas en arqueología, historia y antropología, quienes analizan nuevas evidencias sobre una tradición que trascendió generaciones y fronteras. Los textos muestran que mayas, olmecas, mexicas, zapotecas, teotihuacanos y otros pueblos desarrollaron variantes propias del juego, adaptándolo a sus contextos culturales sin perder su profundo significado social, político y ceremonial dentro de las comunidades.
Uriarte Castañeda señaló que uno de los principales mitos alrededor del juego consiste en afirmar que el ganador era sacrificado al finalizar el encuentro. La historiadora aclaró que no existen testimonios históricos que respalden esa versión y explicó que, en determinados contextos políticos, quien enfrentaba la muerte era el derrotado, especialmente cuando el juego formaba parte de ceremonias vinculadas con relaciones de poder entre gobernantes o pueblos sometidos.
Las investigaciones también revelan que el juego de pelota mesoamericano presentó una notable diversidad de modalidades. Algunas comunidades utilizaban la cadera para golpear la pelota, mientras otras recurrían al antebrazo o incluso al pie, como muestran representaciones halladas en los murales de Tepantitla, dentro de la antigua ciudad de Teotihuacan. Esta variedad confirma que la práctica evolucionó durante siglos y adoptó características particulares según la región donde se desarrolló.
Las primeras evidencias materiales no provienen de pinturas o códices, sino de pelotas de hule descubiertas en antiguos asentamientos olmecas y fechadas alrededor del año 1800 antes de nuestra era. Los investigadores destacan que esos objetos sorprendieron incluso a los cronistas europeos del siglo XVI debido a su elasticidad, muy superior a la de las pelotas elaboradas con cuero que conocían en aquel momento.
Otro aspecto destacado por la coordinadora del libro corresponde a la permanencia de esta tradición entre comunidades migrantes. La mayor concentración de jugadores de pelota mixteca se localiza actualmente en Salinas, California, donde familias originarias de Oaxaca preservan esta práctica y organizan actividades para transmitirla a las nuevas generaciones, fortaleciendo así un legado cultural que continúa vigente fuera del territorio mexicano.
La publicación también muestra que el estudio del juego todavía enfrenta numerosos desafíos debido a la escasez de códices antiguos y a las limitaciones para interpretar algunas escrituras prehispánicas. Sin embargo, los hallazgos arqueológicos y las investigaciones recientes permiten comprender mejor la importancia de una tradición que contribuyó a la organización política, la identidad cultural y la vida cotidiana de numerosas civilizaciones mesoamericanas durante miles de años.
